Por Agustín Panizo
En la soledad de los desiertos
recordé
que no sé nada
y el misterio que soy.
(Alberto Benavides)
Nada más iniciar la ruta de entrada a la Reserva Nacional de Illescas, por la estrecha trocha que se sumerge en lo hondo de quebradas y asciende para luego volver a descender una y otra vez mientras cruza el extrañamente escarpado paisaje desértico de Sechura, uno no puede evitar la sensación de estar ingresando en un portal del tiempo. Los miembros de la comitiva vemos desaparecer la señal de nuestros celulares y experimentamos una ligera ansiedad por la desconexión del mundo virtual al que vivimos sujetos. El paisaje del amanecer nublado de invierno se abre tras las montañas y nos envía la primera luz natural de la mañana. No lo sabemos aún, pero ha sido necesario desconectarnos para reconectar.
La península de Illescas es una elevación frente a la costa de Sechura, y constituye realmente el macizo montañoso Illescas, un extremo elevado de la cordillera de la costa, que, sumergida en el mar, corre paralela al litoral peruano y se eleva en esta zona. Justamente este relieve escarpado, compuesto de cumbres y quebradas frente al mar, ha mantenido esta región alejada de las carreteras trazadas en llanuras costeras más amables, libre de los asentamientos coloniales que habrían dado lugar a los pueblos republicanos que hoy configuran el paisaje humano de la costa norte. Durante siglos, Illescas ha permanecido al margen de esta dinámica, y destaca hoy justamente por esa inaccesibilidad y aislamiento, y por la exuberancia de su naturaleza salvaje, que ejerce un efecto sobrecogedor en quienes se internan en su desierto.

No es un lugar totalmente desconocido para el hombre, como algunos se han apurado en decir, como no lo es quizás ningún rincón de la geografía de nuestro país. La historia de Illescas se remonta a los primeros pobladores del desierto de Sechura. Hace más de siete mil años, comunidades de pescadores se asentaron en sus costas, dejando vestigios arqueológicos que hoy se cuentan por decenas en sitios distribuidos en quebradas y llanuras. Illescas también fue punto de referencia para exploradores y científicos desde la época colonial: en 1740 fue visitada por Jorge Juan y Antonio de Ulloa en una expedición hispano-francesa, y en el siglo XX por investigadores como María Koepcke y Josefina Ramos de Cox, quien identificó evidencias de antiguas culturas locales. Estas huellas históricas muestran que Illescas no solo fue un espacio natural, sino también cultural, donde convergieron saberes, ritos y estrategias de adaptación al mar y al desierto.
La riqueza de la fauna en la reserva es extraordinaria. Alberga colonias de lobos marinos chuscos, comunidades de pingüinos de Humboldt —una especie en peligro— y el único sitio de anidamiento del cóndor andino en toda la costa peruana. Se han registrado más de 120 especies de aves, entre ellas flamencos, piqueros, gaviotines y albatros de Galápagos, muchas en estado de amenaza. En tierra, se desarrollan libres mamíferos como el zorro sechurano, el esquivo gato del pajonal y pequeños roedores endémicos, además de reptiles como iguanas, geckos y serpientes. Esta diversidad, unida al contraste entre el mar y el desierto, convierte a Illescas en un santuario único de vida silvestre en el norte del Perú.
Desde el punto de vista geológico y geográfico, Illescas es un relicto de la antigua cordillera de la Costa, formada hace millones de años por el choque de las placas de Nazca y Sudamericana. El macizo de Illescas se levanta como una península que combina acantilados, playas vírgenes, dunas y quebradas. En sus laderas se desarrollan ecosistemas particulares, como el bosque seco con especies de algarrobo y zapote, así como lomas costeras asociadas a la neblina de la corriente de Humboldt, que dan lugar a flora exclusiva de la zona. Incluso se han hallado pequeños manglares, antes conocidos solo en Tumbes, lo que refuerza su carácter de laboratorio natural para la ciencia y la conservación.

Finalmente, Illescas adquirió la categoría de Reserva Nacional el 24 de diciembre de 2021, mediante Decreto Supremo N.° 038-2021-MINAM, tras haber sido zona reservada desde 2010. Con una extensión de 36,550 hectáreas, hoy es administrada por el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (SERNANP). Esta categoría garantiza la conservación de sus ecosistemas y la protección de especies amenazadas, al mismo tiempo que permite actividades sostenibles como la pesca artesanal y el turismo responsable. La creación de la reserva fue fruto del esfuerzo conjunto de comunidades locales, investigadores y autoridades, y representa un compromiso con la preservación del patrimonio natural y cultural de Piura y del Perú. En ese esfuerzo conjunto hay un nombre que no debe olvidarse: el de Wawa Parraud. Durante años, antes de que existiera zona reservada ni guardaparques, él fue quien alertó al mundo sobre lo que ocurría en las loberas y la pingüinera, quien documentó la presencia del cóndor y quien —aunque con métodos discutidos, como el cierre de accesos— frenó invasiones y pesca de arrastre cuando el Estado aún no llegaba. Fue reconocido simbólicamente como el primer guardaparque voluntario de la zona. Lamentablemente nos dejó tempranamente en 2012, sin ver la reserva que ayudó a hacer posible. Su legado plantea, además, el reto que tiene Illescas por delante: abrir las puertas al turismo de forma ordenada y planificada, sin perder la magia que lo hace único. La categorización de Illescas como Reserva Nacional abre también una nueva etapa para el turismo en la zona. Lo que antes era gestionado de forma precaria y personal deberá ahora ordenarse con herramientas formales: planes maestros, regulación de visitas, operadores turísticos que conozcan y respeten las reglas del área. El turismo puede ser una fuente de ingresos vital para la gestión de la reserva, pero solo si llega de forma planificada a un lugar tan prístino como este.
Nosotros hemos llegado a Illescas hace un día, interesados en el potencial de sus olas y, sobre todo, en contribuir a su protección. Conformamos una expedición variopinta: tablistas, bodyboarders, windsurfistas de talento creativo diverso, que buscamos explorar la belleza del lugar y poder comunicarla adecuadamente. Somos un grupo más que ha sido traído a la zona por un operador turístico que conoce la zona a la perfección. Nos anima el propósito de añadir a la protección de que ya goza Illescas, un nivel de conservación adicional: el de sus rompientes aptas para la práctica deportiva. Somos parte de la campaña ciudadana HAZla por tu Ola, impulsada por la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental, que busca registrar y proteger legalmente las rompientes más importantes del país como patrimonio natural y deportivo, evitando que se vean afectadas por obras o actividades que puedan alterarlas. Illescas, con sus olas de gran calidad para el surf, el kitesurf y el windsurf, forma parte de las rompientes que se aspira a inscribir en el Registro Nacional de Rompientes. De esta manera, no solo se asegura la conservación de un ecosistema costero excepcional, sino también la protección de un espacio que articula naturaleza, cultura local y deportes de mar, en beneficio de futuras generaciones que merecen ver lo que estamos viendo.
Desde las muchas puntas donde rompen olas de inmensa calidad en el extremo de una y otra bahía desolada, uno puede observar con absoluta claridad la dinámica intocada de la interacción de elementos que están detrás de una ola de calidad mundial. El viento que sopla fuerte de sur a norte arrastra permanentemente nubes de arena que van a dar al mar y contribuyen al funcionamiento de rompientes por el flujo de arena que se da por las corrientes marinas. El espectáculo natural es potentemente instructivo: tras un momento de observación, uno entiende la dinámica: la franja marina aledaña a la línea costera tiene un color ocre por la arena que recibe, y unos metros allá tras una definida frontera, el agua exhibe su característica coloración verdeazulada. En muchos otros lugares de nuestra costa, la punta habría sido ya invadida de construcciones que impedirían el flujo natural de sedimentos, y estaríamos ante una ola afectada. Pero eso aquí no ha ocurrido ni ocurrirá: estamos en una Reserva Nacional.
Hablar de las olas de Illescas es un asunto aparte. La comunidad tablística peruana empezó a tener noticia de estas en los años 80, cuando los primeros aventureros se adentraron en sus difíciles caminos para ver qué podían encontrar. Probablemente haya que atribuir el descubrimiento de las olas de Illescas a los tablistas chiclayanos de Pimentel, quienes realizaron las primeras expediciones. El primero de ellos fue el Chino Zevallos, quien corrió estas olas muchas veces en solitario, con los riesgos que ello implica, para luego animar a otros a conocer el lugar. El primero en hacer conocida la zona a una comunidad más amplia fue sin duda el tablista limeño Rodolfo Bejarano, que apareció en las primeras fotografías publicadas en la revista Tablista en los años 80.
Bejarano llegó a Bayóvar por primera vez en 1982 y dio noticia de al menos cuatro olas espectaculares, entre las que destacaba Punta Tur, una izquierda larga, fuerte y sumamente veloz que puede alcanzar los cuatro metros sólidos, según se informaba en la revista Tablista en 1990, cuando se destacaba este como el descubrimiento tablístico de la década que se cerraba. La nota destacaba el carácter agreste del lugar: “El visitante se encontrará en un ambiente natural en estado salvaje, con una apreciable flora y fauna, no recomendable para las personas que no pueden desligarse de las comodidades y seguridad que ofrece la ciudad” (Tablista 9, 1990, p. 13). En esa época una visita a estas costas requería de una compleja expedición adecuadamente organizada. Felizmente, aunque con caminos algo mejores, eso sigue siendo así. Estamos, como escribí al inicio, en un portal del tiempo. El caso más extremo de ese amor por el lugar lo encarnaría años después el propio Wawa Parraud: llegó como tablista y kitesurfista, se enamoró de estas olas, y terminó instalándose en la península, donde vivió en solitario entre 2008 y 2012 —en la punta que rebautizó como Punta Luna— documentando su fauna, alertando sobre las amenazas y ejerciendo de hecho como su primer guardián. Su legado tiene mucho que ver con que hoy estemos entrando a una Reserva Nacional.

Al cabo del segundo día, luego de recorrer las bahías, correr olas, caminar por larguísimas orillas sin nadie a la vista, sentir el acecho permanente de zorritos, ver cóndores sobrevolándonos y escuchar a lo lejos las estampidas de los burros asilvestrados que corren libres por el desierto, los miembros de la expedición nos entregamos a la experiencia culminante: el antiguo ritual de narrar. En una medialuna alrededor del fuego, las historias más inverosímiles se desenvuelven ante el oído atento de quienes estamos sentados en la arena. Una historia llama a la otra y terminamos en un viaje por mundos y tiempos que desconocíamos. Hay momentos que son auténticas clases de historia andina. Por ratos caemos en la cuenta de cuánto extrañábamos vivir este ritual que era tan habitual antes de la llegada de los smartphones.
Entre medio de una y otras historias, me alejo un rato del grupo en medio de la noche de luna. A mi lado aparecen sombras rápidas que se acercan. Son los zorritos que me acompañan a la orilla de la playa aledaña. Vuelvo la vista y a lo lejos distingo al grupo iluminado por la hoguera: siguen envueltos en la fabulación sin fin, unidos por una energía hermosa. Al menos por esta noche, somos una comunidad. Al día siguiente saldremos de la reserva con el mejor aporte de este viaje. Es cierto: había que desconectarnos para conectar.