Punta de Lobos es un lugar icónico para quienes amamos las olas y el mar. Había visto tantas veces fotos de reconocidos tablistas en esa izquierda perfecta, con el acantilado y los dos morros adornando la punta, que sentía que ya había estado ahí. Pero era mi primera vez en este lugar mítico, y la experiencia no pudo ser mejor: fui parte del Oceans 360, organizado por Patagonia, un encuentro de cinco días para entender cómo se conectan la innovación, la conservación y la comunidad en torno al surf. Volví con muchas experiencias, recuerdos y amigos pero, sobre todo, volví recargada de energía y con varias ideas de cómo se organiza la comunidad tablista en Chile y qué podemos replicar en el Perú.
Hace diez años, en el marco de nuestra Ley de Rompientes, Chicama se convirtió en la primera ola protegida por la ley, no solo en el Perú, sino en el mundo. Perú se puso a la vanguardia global, y en esta década he tenido la suerte de dedicarme a impulsar la implementación de esta herramienta para la protección de las olas, combinando mi pasión por el mar y la conservación de la naturaleza. Hoy el Perú cuenta con 48 olas protegidas, con la meta de llegar a 100 para el 2030, y países vecinos como Chile y Ecuador están replicando un marco legal similar. Proteger una ola no es solo importante para quienes la disfrutamos a través del deporte y la recreación. Hay estudios que muestran un traslape significativo entre rompientes y Áreas Clave de Biodiversidad. Asimismo, las olas atraen turistas nacionales e internacionales y generan beneficios a las economías locales. Por lo tanto, proteger una ola es también proteger biodiversidad y ayudar a sostener las economías locales que dependen del turismo, la pesca y el surf.
Pero si algo hemos aprendido en este camino es que la protección legal de una ola, por sí sola no es suficiente. Lo que hace efectiva la herramienta legal que tenemos en Perú son las personas de las comunidades locales que nos avisan cuando una rompiente está amenazada y se organizan para garantizar su protección. Son quienes, a nivel local, construyen comunidad y trabajan por una gestión integral de la zona donde está esa ola. Al final, lo que protege la ola son las personas que día a día están ahí, disfrutando y custodiando el lugar que aman, y organizándose para cuidarlo.
Eso es exactamente lo que mis días en Punta de Lobos me hicieron sentir. La comunidad tablista de Pichilemu no solo surfea esa ola: se organiza, participa, y es parte de un movimiento de conservación in situ efectivo, liderado por la Fundación Punta de Lobos. El Parque Punta de Lobos, hoy un referente de conservación costera gestionada de forma participativa, existe porque hace más de una década un grupo de personas decidió que ese acantilado no se debía vender, y se organizó para adquirir la tierra y conservarla. Se nota el involucramiento de las personas en cada actividad: desde la seguridad en el mar, cuidándose unos a otros cuando viene un oleaje grande, hasta la educación ambiental dentro del parque. Cuando una comunidad se apropia de un lugar así, garantiza dos cosas al mismo tiempo: que se conserve en el tiempo, y que las personas mantengan el lugar para poder seguir disfrutándolo.

Foto: Farias Moreno
Hay mucha evidencia científica que sustenta que quienes están en contacto directo con la naturaleza a través de deportes al aire libre aumentan su conciencia ambiental, y se vuelven más propensos a proteger el ambiente y apoyar iniciativas de conservación (Brymer, Downey y Gray, 2009). Tiene sentido: cuando la contaminación, la privatización de una playa o la destrucción de un ecosistema amenazan directamente el lugar donde practicas lo que amas, la conservación deja de ser un concepto abstracto. Se vuelve personal. Para los surfistas, eso significa proteger el mar. Para los kayakistas, defender sus ríos. Para los ciclistas, pelear por calles más seguras. En cada caso, el deporte al aire libre funciona como una puerta de entrada: moviliza a personas ya apasionadas por algo concreto y las convierte, casi sin proponérselo, en custodios de ese entorno.
Pero Punta de Lobos también me dejó otra lección, esta vez a través del Surf Responder & Ocean Safety Summit, organizado por el BWRAG (Big Wave Risk Assessment Group), una organización que entrena a tablistas de todos los niveles, escuelas de surf y familias en habilidades fundamentales de seguridad y respuesta en el mar. Siendo el tercer BWRAG en el que participo, tengo cada vez más clara la necesidad de cambiar la idea de que el surf es un deporte individual: es, en realidad, un deporte colectivo. Cuando vamos al mar, tenemos una responsabilidad compartida que exige desarrollar ciertas herramientas: saber leer las rompientes, aprender a gestionar los potenciales riesgos, lograr maximizar tu capacidad respiratoria, cómo reaccionar ante un potencial accidente. Es, en el fondo, el mismo principio que sostiene la conservación: cuidar el entorno y cuidarnos entre nosotros son la misma tarea vista desde dos ángulos.

Foto: Farias Moreno
Todo esto ocurre, no por casualidad, en un espacio que la empresa Patagonia ayuda a sostener, y su involucramiento va más allá de organizar este encuentro: es transversal, y prioriza acciones de sostenibilidad, conservación y generación de comunidad. En sostenibilidad, a través del desarrollo de productos hechos con Yulex, un caucho natural que reemplaza al neopreno y reduce hasta 80% las emisiones de carbono, y compartiendo esa tecnología con toda la industria. En conservación, donando el 1% de sus ventas globales y apoyando organizaciones locales como Fundación Punta de Lobos. En comunidad, a través de su compromiso con el BWRAG y el desarrollo del chaleco inflable para surf de olas grandes, fortaleciendo la seguridad en el mar. Patagonia fue, además, la primera marca que, hace 10 años, apostó por impulsar la protección de olas en Perú apoyando Hazla por tu Ola, la campaña de la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA) que busca proteger legalmente las olas, garantizando su conservación a largo plazo. Y así, existe la oportunidad de que muchas más empresas se sumen a acciones de conservación, y esta es una invitación abierta a que lo hagan.
Porque esa es, al final, la apuesta de Conservamos por Naturaleza, iniciativa de la SPDA que implementa la campaña Hazla por tu Ola. Durante más de una década hemos trabajado para que la conservación deje de ser vista como un tema de nicho, algo que le corresponde solo al Estado y a las ONG, y se convierta en algo en lo que cualquier persona o empresa puede (y debe) involucrarse. Buscamos transformar problemas ambientales complejos en soluciones concretas y medibles, que le ofrezcan a cualquiera una forma clara de tomar acción.
Volví de Punta de Lobos con la certeza de algo que ya sabía: la conservación está hecha por y para las personas. Por eso, la única forma de garantizar la conservación de las olas que nos regalan infinita felicidad y nos conectan con la naturaleza es articulando el trabajo con organizaciones locales, brindando herramientas y soporte a quienes están en la primera línea de costa, sumando cada vez a más personas y empresas a este esfuerzo, y generando oportunidades reales de desarrollo para las comunidades locales. Las próximas 50 olas, entonces, no solo necesitan protección legal, sino gestión comunitaria que garantice su conservación a largo plazo. Esa es la tarea que viene.
Carolina Butrich
Gerente de Conservamos por Naturaleza
Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA)

Foto: Tim Davis